cancha y dentro del área de abajo ubicar al arquero con un simple número 1. Unos pasitos por afuera del área ponga al 2 y al 3, como zagueros, y en la raya del medio el 4, el 5 y el 6, con el 5 bien en el centro y el 4 y el 6 en los laterales. Para la delantera, que la ubicaremos usando solo el espacio de la mitad que nos quedó vacía, haga una especie de W, siendo los vértices, de derecha a izquierda, el 7, el 8, el 9, el 10 y el 11, así, en zig-zag, con el 8 y el 10 más retrasados y el 7, el 9 y el 11 bien arriba y en línea. Esta formación es el típico 2-3-5 (dos defensas – tres mediocampistas – cinco delanteros) y fue la más utilizada por los equipos de fútbol sudamericanos en la primera mitad del siglo XX. Ahora la pregunta: ¿cómo hacían dos defensores solos para parar a cinco atacantes? La respuesta está a continuación.
El fútbol, a mi entender, es un invento inglés. Sé que existen muchas monografías que hablan de juegos similares, incluso más antiguos, en otras regiones. Pero para mí es un invento inglés porque allí se inventaron sus reglas, como por ejemplo la ley del off-side. El offside, o ley del fuera de juego, nació de la proposición puramente británica: “No es de caballeros marcar goles a espaldas del adversario”. Su uso data del año 1863, cuando en la famosa reunión de los representantes de distintos clubes y colegios, celebrada en el pub Freemason´s Tavern de Londres, los partidarios de usar las manos se retiraron provocando el cisma con los hermanos del rugby. Luego, se redactaron las reglas de este deporte y entre ellas la que decía: “Tres jugadores habilitan al delantero, pero dos anulan la jugada”. Ahora que usted tiene su dibujo en la mano, entenderá que solo bastaba con que uno de los dos zagueros se fuera hasta el centro del campo (dejando solo al otro con el arquero) para que cualquiera de los cinco delanteros quedase en posición adelantada. Esta ley, también llamada de los “Tres hombres”, duró hasta 1924, año en que se decidió que solo bastaban dos jugadores entre el delantero y la línea de fondo para habilitar al/los atacante/s. Así hizo su aparición la ley del offside que dura hasta nuestros días, la cual solo en su primer año de uso produjo en Inglaterra 1673 goles más que en la temporada anterior (casi 1 gol más de promedio). Ahora bien, como los goles ya estaban asegurados por sí solos, para ganar partidos hubo que tomar recaudos defensivos, como se verá a continuación.
mediocampo de dos (5 y 6). El resultado será, uniendo los 5 puntos del ataque y los 5 de la defensa por separado, una W–M, así de sencillo. Lo interesante de este sistema era que cuando el equipo atacaba, los laterales (2 y 4) subían hasta la mitad de la cancha, dejando solo al centre-back (nº 3), al que llamaban “police” (policía), encargado de controlar la línea del offside. Este hombre podía anular la jugada con un simple movimiento hacia adelante, dado que el repliegue de los laterales aletargaba la entrada de los extremos rivales. Con este sistema, el Arsenal de Chapman consiguió nueve títulos ingleses entre 1930 y 1934 –los últimos años antes de su muerte– y tres títulos más hacia 1938. Aquel equipo fue la base de la selección inglesa que, si bien no jugó mundiales hasta 1950, se dio el lujo de vencer a la campeona del mundo Italia por 3-2 en un partido amistoso (1934). La W-M se esparció por todo el continente como un reguero de pólvora siendo aceptada unánimemente. Pero ¿cómo se hizo para desactivarla? Nos vamos acercando a nuestro tema.
La mayor cualidad del centrodelantero (9) austriaco era la de retrasar su ubicación atrayendo hacia él las posiciones 3 y 5 o 3 y 6 del adversario (vea su dibujo de la W-M si lo tiene a mano), liberando a los interiores de su equipo (el 8 o el 10), quienes, a su vez, al recibir el balón sin marca (ya que el 5 o el 6 generalmente se iban detrás de Sindelar) podían habilitar a los extremos o bien rematar al arco. De esta manera, Austria agregó el elemento sorpresa al romper la ley del offside creada por los ingleses, consiguiendo, con Meisl en el banquillo, una racha de 28 victorias, 1 empate y 2 derrotas en 31 partidos –jugados entre 1931 y 1934– en los que se anotaron 102 goles (3,2 por encuentro). Pero, como ya se dijo en la citada columna, el Wunderteam no ganó mundiales debido a las fuerzas políticas que se lo impidieron. No obstante, la impronta recorrió el mundo, llegando, incluso, hasta Sudamérica.
tuvo una delantera muy famosa, conocida como “La Máquina”, integrada por los atacantes Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustou (en las ubicaciones 7, 8, 9 10 y 11 de nuestro dibujo táctico, respectivamente). Lo interesante de aquella vanguardia era la diagonal que hacía Ángel Labruna (vea su pizarra y hágala con una flecha) de izquierda hacia el centro mientras Pedernera salía del área “chupándose” al marcador (al estilo Sindelar), colocándose en medio de la contradiagonal resultante (8–9–10) llamada “Punta de Lanza”. De esta manera, el pase para Labruna podía provenir tanto de un centro atrás de Muñoz como de la cortada de Pedernera. Con este sistema, River se consagró campeón en los años 1941, 1942 y 1945 y subcampeón en 1943 y 1944, a la vez que el propio Labruna pasó de marcar 10 goles en 1941 a sumar 25 en 1945 y 1946. Enseguida corrieron rumores de que La Máquina “jugaba de memoria” y hasta el técnico Peucelle llegó a decir con cierto temor: “El día que los rivales lean los diarios se van a dar cuenta de que todos los goles los hace Labruna”. Ese día llegó pero, por suerte, River ya tenía un As bajo la manga. En 1947 Pedernera fue transferido a Atlanta y el
chico Alfredo Di Stéfano ocupó su rol. Era tan bueno que hacía el trabajo de Pedernera y Labruna juntos, acabando el campeonato como goleador con 27 tantos y dándole 10 a Labruna, como si le sobraran. Toda la delantera de River terminó en la selección y sus jugadores, junto con otros grandes como Norberto Méndez y Vicente de la Mata, obtuvieron el tricampeonato de América en 1945/46/47. Sin embargo, la albiceleste no jugó el mundial de 1950 debido a la huelga de futbolistas del año 49, que derivó en una emigración indiscriminada dada la inoperancia de los dirigentes de los clubes. Así y todo, la Punta de Lanza estuvo representada magistralmente en la Copa del Mundo por la "otra máquina" sudamericana: Brasil.
Se ha dicho en un principio que el 2-3-5 era la formación más habitual de los sudamericanos en la primera mitad del siglo XX. También que, hasta aquí, solo dos selecciones jugaban con Punta de Lanza: Argentina y Brasil. La primera estaba ausente, como se mencionó, y la segunda llegó a la final de la Copa del Mundo. Friaça, Zizinho, Ademir, Jair y Chico era la potente delantera de aquel equipo. Zizinho era el maestro, autor de 17 goles en Copa América, que le alcanzan hasta el día de hoy para seguir siendo líder de la tabla de goleadores, junto con Norberto Méndez. Jair era el elemento de distracción, entrando como un 10-9 (al estilo Labruna), haciendo la cortada y dejándole la finalización de la jugada a Ademir, que no te perdonaba. 4-0 a México; 2-2 ante Suiza; 2-0 a Yugoslavia; 7-1 a Suecia; 6-1 a España; 21 goles a favor y solo 4 en contra; Ademir goleador con 9 dianas en 5 partidos... Así llegaba Brasil a la final de “su mundial” contra la campeona Uruguay. La Celeste, que había vencido a Bolivia por 8-0 en su único partido de clasificación*, consiguió la paridad ante España (2-2) y una victoria a último momento ante Suecia (3-2) con gol de Míguez. La extraña modalidad de la competición favorecía incluso a Brasil, que con el empate ya era campeón del mundo**. Pocos minutos tardó Uruguay en neutralizar el circuito brasileño. Habían leído los diarios y conseguido que Ademir no tocara el balón. Uruguay no usaba W-M. González, Tejera y Varela formaban el "Triángulo de las Bermudas" donde se perdían todos los pases de Brasil al área. Luego del 0-0 del primer tiempo, el gol de Friaça (que no estaba en los papeles) provocó el rugido del Estadio Maracaná. Pero poco a poco los charrúas se hicieron fuertes desde atrás y ganaron la final con goles de Schiaffino y Giggia. Aquella tarde del 16 de julio de 1950, Brasil fue un llanto sin consuelo y Uruguay acabó con 100% de efectividad en los mundiales: dos jugados – dos ganados, tirando a la basura casi treinta años de táctica futbolística con el solo mérito de haber respetando su estilo de siempre. Pero si aquello pareció una tragedia a los ojos del mundo, lo que vendría cuatro años más tarde, en Suiza, sería una verdadera catástrofe.
Pero la ausencia del capitán magiar no pareció cambiar mucho al equipo, que le ganó a Brasil en cuartos y a Uruguay en la semi por idéntico resultado: 4-2. El segundo de esos dos cotejos fue sin dudas un espectáculo. Los charrúas dieron cátedra de fútbol forzando la prórroga (empate 2-2), donde el sensacional Sandor Kocsis desniveló para su equipo con dos goles de cabeza –no por nada le decían “Cabecita de oro”– alcanzando el primer lugar de la tabla de goleadores del mundial. Alemania, a su vez, venció a Yugoslavia por 2-0 y a Austria por 6-1 en la otra llave, presentándose a jugar la final con todos los titulares. La Máquina del este también puso toda la carne al asador, anunciando el regreso de Puskas, que no estaba recuperado del todo, según dijo años más tarde. Hungría iba ganando 2-0 a los 9 minutos cuando los alemanes empataron antes del minuto 20. Luego de una hora sin goles, Helmut Rhan, extremo derecho de Alemania, acabó con el sueño de la máquina húngara con un zurdazo cruzado al palo derecho del arquero ¡faltando 5 minutos para que acabara el partido!. De esta manera, la mejor alumna de la Escuela del Danubio se despidió de la Copa del Mundo con una racha de 32 partidos invicta, en los que marcó 103 goles (3,21 de promedio), con Sandor Kocsis como goleador del torneo con 11 tantos y con la vanguardia más apabullante de la historia de los mundiales (5,4 goles por partido en Suiza´54). Hungría solo perdió un partido, la final, demostrando que para ganar mundiales no siempre hace falta tener la mejor táctica.Dedicado a la memoria de Julio César Pasquato, JUVENAL, periodista de la revista El Gráfico, de quién he extraído la mayoría de estos conceptos.












